¿NECESITAN LOS MAESTROS MAESTROS?

Puede que no lo sepáis pero me gradué como maestra de educación primaria hará unos tres años. Recuerdo el primer día de clase en la universidad: el rector entró por la puerta y dijo la frase que cambiaría mi percepción de lo que iba a ser mi profesión. 

“Enhorabuena por haber elegido una profesión que no tiene ambición”

Esta frase me caló en el pecho y no en el buen sentido. Fue una bofetada de dos factores: el primero era que yo necesitaba ser más humilde, mi ego debía suavizarse para poder ser una buena maestra, porque el protagonismo lo deberían tener los niños. Que me doliese “la falta de ambición” en mi profesión significaba que por un lado estaba deseando tener reconocimiento o que quería escalar… ¿Hacia dónde? No lo sé. Y segundo, que la ambición en cierta manera debería estar; igual le podía cambiar el nombre a prosperidad, pero yo sabía que quería hacer algo grande con la educación, el futuro lo necesita.

Pasé mis dos primeros años de carrera absorbiendo todo tipo de información, consciente e inconscientemente. De hecho, de la segunda manera aprendí tanto que aún no me lo puedo creer. Los dos últimos años fueron de rebeldía: llega un punto en que no lo sabes todo pero conoces las bases de lo que está bien y está mal de una manera tan clara, que se crean unos juicios concluyentes. Analicé a todos los maestros que había tenido en mi vida, los que recuerdo, y pensé profundamente en sus acciones y su manera de enseñar.

Recuerdo la maestra que me hizo daño emocionalmente, la que me hacía reír, la que fue toda una inspiración, el que me enseñó a soñar despierta, la que me perdonó por copiar en un examen -ya no lo volví a hacer nunca más- y el que me valoraba y apreciaba mucho. Se nota muy rápidamente qué maestro adora su trabajo y cual está resignado a ello. Sí, lo siento, tengo muy claro que o tu trabajo te encanta o estás resignado a ello, pero no pasa nada en ese caso, todo son aprendizajes y puede que ese trabajo te haga mejor persona y profesional. 

¿Qué me pasó cuando acabé la carrera?

Bueno, lo primero es que estaba cansada de escuchar como debía ser la educación y a la vez ver como mis maestros hacían lo contrario. Segundo, que hacía las prácticas y algo no me cuadraba: no me gustaba como se enseñaba, aunque algunos proyectos eran increíbles, yo me sentía una hormiguita más ejerciendo de una manera que no me parecía la correcta. Tercero, España tiene mil cosas buenas, me siento terriblemente orgullosa de haber crecido en esta maravillosa tierra y formar parte de esta alegría de sociedad, pero es hora de que valoremos unos de los grandes pilares de la humanidad: la educación. 

Si tuviera que explicar todo lo que aprendí en la universidad sobre todo lo que está mal en nuestra educación no acabaría, o este artículo sería demasiado largo para leerlo en meses. Pero lo que más me duele es ver a personas con vocación perdiendo su identidad y sus motivaciones, sometiéndose a nuestro sistema. No quiero hablar de política, pero os daré una pista de lo que se habla entre clase y clase: las personas que toman decisiones definitivas en educación deberían venir de este ámbito y no deberían cambiar después de cada cambio de partido -véase Finlandia- ¿Sabéis cuántos genios profesionales educativos hay en nuestras aulas? ¿Sabéis todo lo que podrían aportar si se dejase florecer todo aquello que llevan dentro, su personalidad? Recordemos que la información está en todas partes pero los valores y la personalidad hacen al humano más susceptible para aprender… y eso se aprende del maestro como persona no del currículum que se obliga a enseñar.

¿Necesitan maestros los maestros?

Cuando me gradué di un discurso. Fui de esas personas que habló desde un micrófono a mis compañeros y profesores, a la rectora y a los familiares. Hablé sobre la reflexión, sobre el valor de lo que hacíamos, sobre la magia de enseñar al futuro. Simplemente quería resonar esa idea que he mencionado antes de prosperidad en esta profesión y, a la vez, calmar mi ego. Quería decirles “todo irá bien”, pero lo cierto es que no veo que la educación sea valorada ni siquiera después de una pandemia. Espero equivocarme.

Pero en realidad cuando estaba ante mis compañeros, cuando acabó el convite y aguantaba mi copa de cava junto a mis amigas y mi profesor de geología, me sumí en una tristeza muy profunda. Estaba perdida, desmotivada, asustada por el futuro. La ansiedad llamó a mi puerta bastante los últimos meses del grado y yo sabía que no se me daba bien someterme en algo que no creo. Así que estaba asustada, no quería ser maestra.

No estoy diciendo que no quiera enseñar, para nada, mi decisión de estudiar fue profundamente reflexionada durante un año antes de entrar en la universidad. Pero me di cuenta de que tenía que encontrar mi manera de enseñar, y eso lo proyecté viajando por Europa, aprendiendo diferentes metodologías con la esperanza de poder volver a España algún día y dar lo mejor de mí. Descubrí que mi pasión era internacionalizar la educación -de echo me especialicé en ello-, de la misma manera, trabajar desde el arte con profundidad y con objetivo se convirtió también en mi estrella. Perdida en el limbo que he mencionado no podía evitar pensar en si los maestros necesitan también un guía en su vida, alguien que les ayude… no creo que todos los maestros deban estar en las aulas; creo que se necesitan para desarrollar ideas, para investigar metodologías y muchos otros empleos que aún no se han creado. 

¿Qué creo yo?

Creo que definitivamente necesitamos guías en nuestra vida, no solo los maestros que parecen tener la clave de lo que necesita el futuro, todo el mundo necesita en algún punto de su vida un guía o maestro que le ayude a avanzar. El día a día está lleno de tomas de decisiones; es completamente normal que nos atasquemos en una y es muy humano pedir ayuda. El éxito creo que reside en saber cuándo pedimos ayuda y cuándo nos estamos acomodando a espaldas de otros.

Soy muy joven, pero a veces me da la sensación de que ya no se escucha como antes, y no he conocido ese antes, no sé si me explico. Pero siento que cada día es más difícil crear conexiones profundas con las personas. Para mi, cuando alguien me cuenta algo me doy cuenta de que está abriéndose y eso me parece muy valioso. Por ello intento siempre escuchar profundamente, algo que me enseñaron durante la universidad. También intento no juzgar con ligereza porque igual que yo sé que intento hacer el bien, sé que los demás también lo intentan, así que intento no desconfiar a primera vista.

En resumen, es necesario darse cuenta de que somos humanos y que es natural para nosotros apoyarnos como sociedad. Permitir que nos ayuden cuando necesitamos un empujón y escuchar atentamente a los demás para poder ayudarles cuando nos necesiten. Pero no tengo la fórmula definitiva, los excesos pueden llevarnos a la soledad o por el contrario sentirnos completamente desvalidos. Así mismo, las líneas que definen dichos límites son borrosas y las vamos a cruzar mucho; el aprendizaje de la vida. 

Y en cuanto a educación, sigo en la búsqueda de mi lugar, sonrío cada vez que me imagino educando como a mi me gusta. Agradeciendo a lo educadores que me precedieron y confiando en los que vendrán después, porque estos factores hacen de la educación algo maravilloso. Simplemente hay que encontrar el lugar al que uno pertenece.

Si eres educador es probable que no pienses como yo, y es totalmente normal y me hace feliz porque significa que somos diferentes y que por lo tanto completamos mejor la sociedad. Me hace tan feliz hablar con mi amigas que han estudiado conmigo y son felices en sus aulas… Por otro lado, si empatizas profundamente con este artículo quiero decirte que no estás solo/a. No significa que no valgas para ello, simplemente que necesitas encontrar tu lugar en tu profesión, no es nuevo escuchar que en los próximos sesenta años aparecerán trabajos nuevos. Igual tu trabajo ideal aun no se ha inventado.